Dirigir y educar con
Inteligencia Emocional
“El intelecto busca, pero es el corazón quien
halla”
George Sand
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La sociedad actual, sociedad de la información y del
conocimiento, se caracteriza por la complejidad del mundo industrial y
tecnológico, y por una tendencia a la mundialización económica y cultural. Por
ello, exige el uso de todas nuestras capacidades y de nuevas competencias
personales, sociales y profesionales para poder conseguir un desempeño efectivo
y afrontar los continuos cambios que se nos imponen. Sin embargo, en muchos
casos, las herramientas que utilizamos para lograr estos objetivos no son las
más adecuadas y solo conducen a la frustración, la ansiedad o al estrés, que nos
hace comportarnos de una manera inadecuada tanto con nosotros como con los
demás, creando un círculo vicioso que por desgracia transmitimos a nuestros
hijos y alumnos.
Quizás, uno de los motivos por los que esto sucede tiene que ver
con la poca atención que tanto padres como educadores prestan a la dimensión
emocional de los niños, dimensión que debe ser educada para que las emociones y
los sentimientos que tan importantes son en nuestra vida, se conviertan en
aliados y no en enemigos.
Hace unos años la UNESCO publicó el Informe Delors, donde se
hace referencia a los cambios de estilos de vida que vive el mundo
contemporáneo, se analizan las tensiones que ello provoca y plantea soluciones y
alternativas para la educación del siglo XXI.
Tras recomendar cómo debemos superar estas tensiones, el informe
dice textualmente:
"Eso que proponemos supone trascender la visión puramente
instrumental de la educación considerada como la vía necesaria para obtener
resultados (dinero, carreras, etc.) y supone cambiar para considerar la función
que tiene en su globalidad la educación: la realización de la persona, que toda
entera debe aprender a ser "
. A continuación el informe explica los
cuatro pilares de la educación, en los que se hace clara referencia al mundo
emocional:
Aprender a conocer, lo que equivale a dominar los
instrumentos del conocimiento. Pero asegura que los métodos que deben ser
utilizados para conocer deben favorecer el placer de comprender y descubrir, es
decir, factores emocionales unidos al aprendizaje que lo potencian y lo hacen
estimulante.
Aprender a hacer, lo que implica adquirir una formación
para poder desempeñar un trabajo y
a la vez una serie de competencias personales, como trabajar en
grupo, tomar decisiones, crear sinergias, etc. Estas son competencias que forman
parte de la I.E. (inteligencia emocional) como veremos más
adelante.
Aprender a convivir y trabajar en proyectos comunes. Este
es uno de los retos para este siglo, donde la convivencia entre personas
diferentes nos obliga a descubrir lo que tenemos en común y a comprender que
todos somos interdependientes. Pero para descubrir al otro antes tenemos que
descubrirnos a nosotros mismos. Otra vez el informe hace referencia a
competencias propias de la inteligencia emocional, como el autoconocimiento, la
empatía y la destreza social.
Aprender a ser, refiriéndose al desarrollo
total y máximo posible de cada persona, a su proceso de autorrealización que
diría Maslow. Esta referencia a la educación integral, por sí sola justificaría
la necesidad de educar con inteligencia emocional.
El informe destaca asimismo el papel de las emociones haciendo
hincapié en la necesidad de
educar la dimensión emocional del ser humano
junto a su dimensión cognitiva, tarea en la que se ha
centrado
tradicionalmente el entorno educativo..
Es preciso reconocer, como nos
dice Goleman, que todos tenemos dos mentes: una que
piensa y otra que
siente, pero ¿acaso razón y emoción se oponen? Ahora sabemos que no, que
son
dos formas fundamentales de conocimiento que interactúan para construir
nuestra vida mental.
Ambas mentes tienen que ser atendidas en toda
situación de la vida, no debe haber predominio ni oposición, y en todo momento
se debe buscar su equilibrio, ya que los sentimientos son
indispensables para
la toma racional de decisiones, porque nos orientan en la dirección adecuada
para sacar el mejor provecho a las posibilidades que nos ofrece la fría lógica.
Por lo tanto, ambos componentes de la mente aportan recursos sinérgicos: el uno
sin el otro resultan incompletos e ineficaces.
Afortunadamente la era de la información se está abriendo a un
nuevo sistema de valores en
que el corazón se une a la mente para trabajar
juntos por el bienestar de la persona.
Todos hemos comprobado que, cuando aparecen problemas
importantes en la vida,
determinadas habilidades son las que nos ayudan a
solucionarlos, es nuestra madurez emocional la
que nos suele guiar cuando nos
tenemos que enfrentar a situaciones difíciles o tareas muy
importantes. Sin
embargo, la educación continúa esforzándose por desarrollar la mayor cantidad
de
contenidos de las áreas cognitivas, no prestando suficiente atención al
desarrollo de las habilidades
emocionales del alumnado.
Hace 2200 años
Platón decía: ”La disposición emocional del alumno determina su habilidad para
aprender”.
Pues bien, si el desarrollo intelectual de nuestros alumnos
nos preocupa y hacemos lo posible por mejorar su nivel de aprendizaje, conviene
recordar que, aún cuando el intelecto puede
estar excelentemente
desarrollado, el sistema de control emocional puede no estar maduro y en
ocasiones logra sabotear los logros de una persona altamente inteligente. La
emoción es más fuerte que el pensamiento, incluso puede llegar a anularlo.
Seguramente recordamos algún momento donde esto nos ha sucedido.
Entonces podemos preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo para
desarrollar las habilidades de
madurez emocional de nuestros alumnos que
les permitirán potenciar su formación académica y
elevar su nivel de aptitud
social y emocional?
Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de inteligencia
emocional?
Habitualmente estamos acostumbrados a relacionar la inteligencia
con la capacidad de
raciocinio lógico, con las competencias que componen el
cociente intelectual como son la capacidad
de análisis, comprensión,
retención, resolución de problemas de índole cognitivo, etc... Sin
embargo,
en el mundo empresarial se está empezando a tener en cuenta y a
valorar más la denominada
"inteligencia emocional", que determina cómo nos
manejamos con nosotros mismos y con los demás.
El término surge de la
siguiente manera.En 1983 Howard Gardner desarrolló el modelo de Inteligencias
Múltiples, donde proponía una nueva visión de la inteligencia como una capacidad
múltiple, como un abanico de capacidades intelectuales, reconociendo que existen
otros tipos de inteligencia aparte de la cognitiva. De los ocho tipos de
inteligencias que definió Gardner, dos de ellas, denominadas inteligencia
intrapersonal einteligencia interpersonal llamaron la atención de
Peter
Salovey y John Mayer, psicólogos de dos prestigiosas universidades americanas,
los cuales definieron sus competencias, presentándolas bajo el término
“Inteligencia Emocional”.
Esta expresión, por lo tanto, fue acuñada por estos dos
psicólogos en 1990.
Salovey y Mayer la describían como "una forma de
inteligencia social que implica la habilidad para dirigir los propios
sentimientos y emociones y los de los demás, saber discriminar entre ellos, y
usar esta información para guiar el pensamiento y la propia acción".
Sin
embargo, ha sido a raíz de la publicación en 1995 del libro de Daniel Goleman,
"La inteligencia emocional", cuando ha recibido mucha más atención en los medios
de comunicación y en el mundo educativo y empresarial.
La inteligencia
emocional es por lo tanto un conjunto de destrezas, actitudes, habilidades
y
competencias que determinan la conducta de un individuo, sus reacciones,
estados mentales, etc., y
que puede definirse, según el propio Goleman, como
la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los de los demás, de
motivarnos y de manejar adecuadamente las relaciones.
Definimos las
competencias de las que hablaremos a continuación como un conjunto
de
conocimientos, capacidades, cualidades y comportamientos que contribuyen
al éxito en un puesto
de trabajo o en la ejecución de una determinada
tarea.
Este término incluye como dije anteriormente, dos tipos de
inteligencias, según el concepto
de Inteligencias Múltiples de Howard
Gardner, la Inteligencia Personal que está compuesta a su
vez por una serie
de competencias que determinan el modo en que nos relacionamos con
nosotros
mismos. Esta inteligencia comprende tres
componentes:
Conciencia en uno mismo: es la capacidad de reconocer y
entender en uno mismo las
propias fortalezas, debilidades, estados de ánimo,
emociones e impulsos, así como el efecto
que éstos tienen sobre los demás y
sobre el trabajo.
Autorregulación o control de sí mismo: es la habilidad
de controlar nuestras propias emociones e impulsos para adecuarlos a un
objetivo, de responsabilizarse de los propios actos,
de pensar antes de
actuar y de evitar los juicios prematuros.
Automotivación: es la habilidad de
estar en un estado de continua búsqueda y persistencia en
la consecución de
los objetivos, haciendo frente a los problemas y encontrando
soluciones.
Y la Inteligencia Interpersonal cuyas competencias tienen que
ver con el manejo social efectivo, la
capacidad de relacionarse con quienes
nos rodean y de crear una red de relaciones interpersonales
sanas. Comprende
los siguientes componentes:
Empatía: es la habilidad para entender
las necesidades, sentimientos y problemas de los
demás, poniéndose en su
lugar, y responder correctamente a sus reacciones emocionales.
Destreza
social: es el talento en el manejo de las relaciones con los demás, en saber
persuadir
e influenciar a los demás.
Estas cinco competencias son muy
útiles para cuatro áreas fundamentales de nuestra vida:
1. Propenden a
nuestro bienestar psicológico, base para el desarrollo armónico y
equilibrado de nuestra personalidad.
2. Contribuyen a nuestra buena salud física, moderando o
eliminando patrones y/o hábitos
psicosomáticos dañinos o destructivos, y
previniendo enfermedades producidas por
desequilibrios emocionales
permanentes (angustia, miedo, ansiedad, ira, irritabilidad,etc.).
3.
Favorecen nuestro entusiasmo y motivación. Gran parte de nuestra motivación en
distintas áreas de la vida está basada en estímulos emocionales.
4.
Permiten un mejor desarrollo de nuestras relaciones con las personas, en el área
familiar-afectiva, social y laboral-profesional.
Recientemente Daniel
Goleman sobre la base de las últimas investigaciones realizadas ha
propuesto
un nuevo modelo donde se reducen a cuatro las dimensiones de la
inteligencia
emocional: conciencia de uno mismo, autogestión, competencia
social y gestión de las relaciones.
Mas adelante hablaremos de ellas con más profundidad.
Conviene señalar que estas competencias no son cualidades
innatas, sino habilidades
aprendidas, cada una de las cuales aporta una
herramienta básica para potenciar la eficacia .La
carencia de las aptitudes
anteriores se denomina actualmente analfabetismo emocional.
Fuente:
Begoña ibarrola L. De Davalillo Ponencia del VII Congreso de Educación y Gestión